Es verdad que no podemos elegir qué sentir, pero si podemos elegir qué hacer respecto a lo que sentimos. A veces elegimos arriesgar, conociendo las posibilidades existentes de salir perdiendo. Y a veces, simplemente decidimos postergar los momentos decisivos, esperando que llegue el momento en que estemos listos para afrontarlos.
Dejar ir a alguien que queremos, es el acto más puro y desinteresado cuando se trata de amor. Es nuestro orgullo y amor propio que nos dice que somos la persona indicada para hacer al otro feliz, pero en realidad, no sabemos, y lo mejor es dejar ir, que no significa que nos estemos dando por vencidos.
Podemos aprender a querer al otro desde el lugar que este nos permita, y cuando finaliza esa lección, probablemente ese alguien se de vuelta para ver que siempre estuvimos ahí para quererlo y cuidarlo.
Los actos desinteresados que le entregamos al mundo, vuelven a nosotros de forma sorpresivamente generosa. Pero hay que ejercitar y cultivar la paciencia.
Hay elecciones que tomamos en el día a día, esas elecciones cotidianas, son las que marcan la elección más importante que tomamos, que nos convierte en quienes somos.
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